Escritos sobre Cine

miércoles, 6 de enero de 2010

París. Cédric Klapisch (2008)


París
Cédric Klapish

Entre el cielo y el suelo





La última vez que vi París, ¿Arde París?, París, Je t´aime, Dans Paris… La ciudad más revisitada por el celuloide junto a Nueva York ha adquirido tal sentido referencial que, en última instancia, destila ahora simplemente su nombre como título del último film del director francés Cédric Klapisch, una sucesión de relatos se dan cita en tan significativo espacio. Una nueva entrega del modelo “historias entrecruzadas” constituido ya prácticamente en un género en sí mismo, a la vista de su inagotable expansión desde que Altman revitalizó la fórmula a ritmo de jazz en la espléndida Vidas cruzadas –resulta siempre inevitable la referencia a esta obra maestra, bajo cuya alargada sombra se han fraguado tanto estimables reformulaciones –Grand Canyon. El alma de la ciudad-, como premiadas mediocridades –Crash-. Al espacio fílmico y la fórmula se añade como tercer elemento la desigual pero siempre vigorosa cámara de Cédric Klapisch, autor que conduce su mirada desde los hermosos cielos y fascinantes vistas de la capital francesa hasta algunos de sus infiernos cotidianos a ras de suelo.



El realizador francés se adentra en el ambicioso empeño de descrifrar su ciudad de adopción, una tarea que se revela complicada, con demasiados hilos de donde tirar, oscilando entre el innegable poder de seducción que despierta esta urbe con innumerables aristas y la intención de mostrar la realidad palpable de aquellos que la habitan –o en ocasiones simplemente la transitan-. A lo largo de su trayectoria Klapisch ha mostrado una arriesgada tendencia a la dispersión, a excepción de Como en las mejores familias, uno de sus primeros trabajos donde se contenía gracias al férreo y magnífico guión de la pareja formada por Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri, un relato de origen teatral que ya anunciaba su gusto por las relaciones múltiples en torno a un escenario prácticamente único. Esta disposición al exceso se ponía de manifiesto en uno de sus títulos más populares, Una casa de locos, atinada cinta de inésperado éxito que seguía las caóticas experiencias de unos jóvenes a su paso por un auberge espagnole de Barcelona; y se evidenciaba en la estimable Las muñecas rusas, desencanta recuperación de aquellos personajes, donde de forma agradablemente anárquica se permitía seguir la evolución de su protagonista, Xavier, para aprenhender las agridulces sensaciones años después de terminarse la fiesta, ese tiempo idealizado que es el erasmus. Las historias interrelacionadas que dan forma a París constituyen, sin duda, el terreno abonado para que esta tendencia a la dispersión se multiplique, con un guión firmado por el propio cineasta, hasta acabar desequilibrando el conjunto.



De esta forma, la propuesta deja al descubierto el desigual trazado de las distintas líneas narrativas, hilvanando situaciones paralelas y personajes empujados a conocerse. Una estructura que rodea en sucesivos círculos concéntricos la relación entre Elise –Juliette Binoche-, asistente social con tres hijos que bordea con frustración la mitad su vida, y su hermano Pierre –Romain Duris-, enfermo del corazón necesitado de un transplante, estupendos hilos conductores del film. El interés que despiertan estos personales se ve difuminado por la decreciente atención en el resto de sus integrantes –profesor universitario enamorado de una de sus alumnas, vendedor de un mercado interesado secretamente en Elise… y una larga sucesión-, con algunas ramificaciones francamente prescindibles. El director es capaz de transmitir la desazón de Pierre en un momento en el que la vida se le escapa de las manos, una situación que le proporciona una mirada nueva sobre aquello que le rodea, una curiosidad que surge del tiempo para la espera y la reflexión. De forma similar perfila la melancolía latente en la vida cotidiana de Elise. La construcción de ambos personajes a través de silencios, gestos y pequeños detalles respira sinceridad, y se echa en falta que el autor no se detenga algo más en este eje narrativo. Parece que debe pagar el peaje por la fórmula elegida, y en su empeño por plasmar una panorámica más amplia no puede evitar que algunos personajes aparezcan desdibujados, se despachen de forma precipitada como simples arquetipos, acumulando los lugares comunes y las ideas fáciles -la vida que llega por aquella que puede extinguirse-


Pese a todo, el armonioso caos que pretende plasmar Klapisch deja a lo largo de su trayecto algunos espléndidos pasajes, la visión de un hermoso cielo que cubre por igual alegrías y tragedias bajo los acordes de Erik Satie, la sensación de relatividad que subyace bajo las falsas apariencias de la realidad, el flujo continuo de la vida más allá de todo aquello que inevitablemente acontece –así lo atestigua el trayecto de Pierre en el taxi-. De igual forma, es apreciable que el autor no pretenda filmar la película “definitiva” sobre esta ciudad de infinitas identidades, sino que el fluido devenir de sus historias está envuelto por una intención de transitoriedad, esboza un breve espacio de tiempo de unos personajes en tránsito, cuyo origen y destino desconocemos. Apuesta por una visión de la ciudad, ahora, como pueden existir muchas otras.


El cineasta vuelve a contar con Romain Duris, actor que lo acompaña desde los inicios de su carrera, y al que parece querer convertir en su “Antoine Doinel” particular -lo cierto es que sería difícil para cualquiera salir bien parado en la comparación con Truffaut-. En esta ocasión su papel tiene algo de balance, tal y como indica el repaso a las fotografías de las distintas edades sentimentales del interprete. A la ajustada presencia del protagonista de De latir mi corazón se ha parado se añade la serena madurez de Juliette Binoche, una actriz que continúa manejando con exquisitez sus registros y sabe adaptarse al tono episódico del conjunto, junto a otros rostros habituales del cine francés –Karin Viard, Albert Dupontel-, que disponen del espacio que la composición les ofrece. Todos ellos transitan por este oscilante fresco ideado por el director, una obra tan heterogénea en sus intérpretes como en su música, tonos y texturas, que oscila, como el resto de sus filmes, entre las brillantes fabulaciones y lo evidente, entre los momentos lúcidos y los prosaicos, entre la festiva celebración de vivir y su reverso sombrío.