Escritos sobre Cine

martes, 15 de julio de 2008

Una chica cortada en dos. Claude Chabrol (2007)


Una chica cortada en dos
Claude Chabrol 

La tragedia se anuncia en rojo




Con la precisión y la implacable paciencia de un entomólogo, el veterano Claude Chabrol -50 años en activo desde los comienzos de la Nouvelle Vague- continúa examinando, diseccionando, siguiendo los movimientos de sus criaturas dentro de lo que desde hace años se ha convertido en su particular campo de estudio, la burguesía francesa de provincias. Una meticulosa labor en la que se adivina una oscura diversión a la que no es ajena cierta socarronería, una visión burlona de la existencia que le ha salvado de perpetrar pesados retratos de cine social. Un terreno que de vez en cuando abandona –su anterior largometraje Borrachera de poder se centraba en la alta corrupción de las finanzas parisinas-, y que ahora retoma de pleno con Una chica cortada en dos.


Inspirándose en un conocido suceso real que traslada de tiempo y lugar al Lyon de la actualidad, una ciudad donde, en palabras del director, todavía puede sentirse la diferencia de clases, enhebra un triángulo amoroso en el que la conexión de sus vértices, Gabrielle, una chica del tiempo de una televisión local, Charles, un maduro y exitoso escritor y Paul, joven heredero de una familia adinerada -o lo que es lo mismo, el mundo de los medios de comunicación, la intelectualidad y la alta burguesía-, le sirven de excusa para escarbar de nuevo en aquello que fluctúa bajo una acomodada apariencia. La hipocresía, la perversión, la vanidad o los celos son sólo algunas de las debilidades que surgen a medida que avanza el relato, pero de una forma muy propia de Chabrol y que lleva largo tiempo constatando, como algo inherente a la condición humana, parejo a las relaciones y que, si bien no disculpa, sí parece dispuesto a comprender.


El cineasta construye un film con su habitual economía narrativa, en la que tiene más importancia aquello que fluye que lo que reflejan sus concisos planos. Sobre esta invisible perfección formal levanta una trama que se define por unos inteligentes diálogos que evalúan ciertos comportamientos y caricaturizan diversas actitudes sociales. La inmensa sabiduría de Chabrol en todo lo referente a las bajas pasiones tiene un terreno abonado tanto en la mediocridad del mundo televisivo y en la innata capacidad de las clases altas para mantener sus privilegios, como en el vampirismo de los artistas. Puntea lo narrado con maliciosos detalles y frases que parecen no decir nada, pero que en realidad dicen mucho, al tiempo que un color, el rojo, surge en puntuales ocasiones como anuncio de la tragedia. A partir de un sugerente comienzo en el que suceden unos planos ensangrentados al compás de los signos pasionales de una ópera, reaparecerá en el vestido de Gabrielle en un momento crucial, o en un flamante deportivo, fruto de su relación con el poder –esta referencia enlazaría con los significativos guantes rojos que lucía la protagonista de Borrachera de poder cuando ejercía implacablemente su autoridad-.


A pesar de la resolución con la que el director maneja los hilos de lo narrado, es precisamente el arco que sustenta la cinta, la relación que se establece entre Gabrielle y el maduro escritor, su aspecto más cuestionable, un elemento básico que se tambalea y que exige cierto esfuerzo. A diferencia de otros sentimientos mucho más prosaicos que circulan por el film, cuesta creer que lo que siente la joven sea, al parecer, amor, a pesar de la consabida historia de la ausencia previa de una figura paterna. Excelentes escenas como la declaración ante los espejos –en claro homenaje a La dama de Shanghai- o la iniciación en los juegos sexuales se ven sembradas por esta duda. Todo ello se hace todavía más evidente por lo bien perfilados que resultan algunos personajes secundarios cargados de sobreentendidos y con oscura trastienda, muy del gusto también del cineasta.

Este punto débil se ve en parte compensado por su buena dirección de actores, con la elección de François Berléand y, en especial, de dos intérpretes que gozan de un enorme prestigio en el país vecino, Ludivine Saignier, una actriz cuyo nombre ha ido ligado al del realizador François Ozon, y que aporta con su atractivo y voz rota sensualidad e inocencia a partes iguales, y Benoît Magimel, actor de intensa trayectoria que colabora por tercera vez con Chabrol, y que resuelve con acertada afectación un personaje desequilibrado al que suelen acompañar unos acordes bufonescos, una clave que contrasta con la sobriedad del resto de la ambientación musical. En esta ocasión los integrantes de su farsa son más patéticos o ridículos que malvados, tal vez por la ausencia de su actriz fetiche Isabelle Huppert, que bordó dos de sus más tremendos papeles en sendas obras maestras de su etapa madura, La ceremonia y Gracias por el chocolate.



Chabrol consigue elevar lo que sería una correcta intriga a niveles mucho más elevados gracias al guiño que se reserva para los minutos finales, una muestra de su humor que aporta otras lecturas a lo visto y enlaza con el sentido del título. Esta nueva obra demuestra que continúa en plena forma en su ininterrumpida indagación de atmósferas enfermizas pobladas de personajes ambiguos, un estilo que ha creado escuela y que lleva largos años conviviendo con sus discípulos. Sus visitas a la Francia de provincias representan parte de la esencia del cine francés, siempre haciendo uso de una libertad ganada por una generación de la que todavía siguen activos nombres como Eric Rohmer o Jacques Rivette.