Escritos sobre Cine

miércoles, 14 de mayo de 2008

Mil años de oración


Crítica de Mil años de oración



Minuciosa caligrafía


El director Wayne Wang, nacido en Hong Kong pero afincado en EEUU desde los inicios de su carrera, imprime un sabio giro en su trayectoria con “Mil años de oración” –hermoso título en estos tiempos de rótulos repetitivos y poco inspirados-, tomando aliento de vuelta a un cine de caligrafía minuciosa, un espacio propio entendido como trasunto de la vida cotidiana. Tras un más que discreto paso a las órdenes de los grandes estudios, recupera el hilo de obras tan significativas como la notable “La caja china”, “Smoke” o "Blue in the face”.

Precisamente estos dos últimos títulos fueron los que en buena medida destacaron su nombre dentro del cine independiente americano, auspiciados bajo la colaboración con el escritor y cineasta Paul Auster. Como es ya de sobra conocido, el autor neoyorquino presidía el jurado de la pasada edición del Festival de San Sebastián donde “Mil años de oración” se alzó con la Concha de Oro a la Mejor Película. Esta coincidencia podría suscitar algunos interrogantes -además de que sirviese para poner fin a un distanciamiento entre ambos de varios años, lo que pasará a engrosar el anecdotario del certamen-, pero al margen de todo ello, lo cierto es que con este largometraje en apariencia modesto, que sigue la visita de un anciano chino a su hija en EEUU recién divorciada, consigue dar forma a una magnífica miniatura de sentimientos.




Este reencuentro camina paralelo a la asimilación de lo ajeno, al tiempo que el reconocimiento describe un suave arco con el entendimiento. Wang se sirve de una puesta en escena tan sencilla como efectiva para plasmar una visita que hará emerger el abismo entre padre e hija que el tiempo y el espacio no han hecho sino agrandar. Dos sujetos vistos como pequeños peones en un inmenso tablero de muy distintos sistemas de entender el mundo. Una hija que emigró a la supuesta tierra prometida y donde, sin embargo, es infeliz, y un antiguo agraviado por el aparato represor chino, que continúa creyendo que el Comunismo es bueno pero “está en malas manos”. Una ruptura generacional y social que el realizador, en su propia condición de creador en un país extranjero, acostumbrado a moverse en un terreno fronterizo donde se intentan mantener algunas tradiciones, cruzado de contradicciones, entiende como algo propio.

 
Todo ello filtrado por la mirada del anciano al que los años han dado serenidad pero no han restado curiosidad y preocupación, lo que el director traduce en unos planos limpios, unos encuadres fijos donde se siente el peso de las palabras y los silencios, y donde cada gesto tiene su espacio en el conjunto para adquirir su significado. Un ritmo pausado que parece se va deslizando entre los dedos su autor, punteado por las cenas entre padre e hija, trenzado por sus deshiladas conversaciones, para dar forma a un relato depurado en el que emplea el metraje suficiente. Esta precisión le permite destilar los sentimientos de los personajes, ahondar en una incomunicación que remite a cuentas del pasado. Pero al mismo tiempo, sabe desplazarse del epicentro dramático para trazar una panorámica de la pequeña localidad que se abre ante el anciano, mediante un fino humor en su extrañamiento en las distintas tomas de contacto con el mundo al que pertenece su hija –estupenda la secuencia de su encuentro con los mormones-.

Wang logra que el film rebose cantidades ingentes de humanidad, que llegue a conmover esa silueta encorvada del anciano, moldeada por el tiempo y los sinsabores, pero de andares todavía decididos y curiosos, que encarna el actor Henry O con la extraordinaria franqueza de su rostro y su manera de expresarse en un inglés escolar. La actriz Faye Yu asume con similar detalle la incomodidad de la hija, el mutismo ante el empeño de su padre por solucionar sus asuntos, al que siente como un intruso, tan lejano como los cohetes espaciales que afirmaba construir. Estas dificultades de entendimiento tienen su reverso en uno de los aspectos más gozosos de la cinta, las visitas de éste a un parque donde entabla una peculiar relación con una mujer de origen iraní. La voluntad de sus accidentados diálogos en tres lenguas pone de relieve con brillantez la infinita posibilidad de conexión de los sentimientos, algo que enlaza en cierta forma con las teorías sobre el lenguaje que el relato lleva implícitas.

 

Con esta sencillez Wayne Wang logra pulsar emociones en varias escenas, conmover y hacer esbozar una sonrisa en otras, con palabras y detalles mínimos que esconden amplios significados, y que recogen en sí mismos la poética de la vida diaria. Similar capacidad para observar la riqueza de la cotidianidad es el uso de algunos intérpretes no profesionales que transitan por el film, completando el excelente trabajo de los protagonistas. Los premios que ha recibido esta pequeña pieza le pueden ayudar a tener un mayor recorrido, más allá del circuito de festivales. Y es de esperar que este detallista autor ponga fin a lo que ha sido una incomprensible travesía en el desierto, volviendo a un cine del que es un fino artesano, para lo que parece que tiene un proyecto paralelo de próxima llegada, “El príncipe de Nebraska”.