Escritos sobre Cine

jueves, 14 de febrero de 2008

4 meses, 3 semanas, 2 días


Crítica 4 meses, 3 semanas, 2 días



Enfocar la Historia



Palma de Oro en la pasada edición del Festival de Cannes –a lo que se añade la elección como mejor película y director en los Premios de Cine Europeo-, un flamante galardón para una modesta producción rumana que al parecer fue recibido con un amplio consenso, algo no muy habitual en estos certámenes. El jurado y la mayor parte de la prensa coincidieron en la necesidad de premiar a una cinta como “4 meses, 3 semanas, 2 días” que rescata una realidad demoledora de un periodo todavía reciente, procedente de una cinematografía tan escasamente presente en el resto de Europa como la rumana, y que se atreve con un planteamiento formal riguroso y sin concesiones, un ejercicio que prácticamente abofetea desde la pantalla con una muestra de la desoladora vida cotidiana de aquel tiempo.

El director Cristian Mungiu perfila en este su segundo trabajo un espacio de la realidad de unos cuantos personajes durante los últimos años de la dictadura comunista en Rumanía. Este devenir del transcurso de unas pocas horas que recoge la cámara –en un sentido literal: permanece buena parte del tiempo sin apenas movimiento, tratando de captar lo que transcurre ante el objetivo- está enmarcado en las postrimerías de un largo periodo que hoy en Occidente queda en el olvido, unas cuatro décadas de regímenes absolutistas en un puñado de países satélites de la antigua Unión Soviética. La guerra fría fue explotada por ambos lados en multitud de largometrajes en torno al conflicto político y sus intrigas, mientras que todavía hay cientos de historias anónimas que ignoramos. Un buen número de cineastas consiguieron abrirse paso desde el Este sorteando las consignas oficiales que toda dictadura de cualquier signo intenta marcar, para mostrar el día a día de lo que allí se vivía, con el polaco Andrzei Wajda como nombre más destacado.

 

Cristian Mungiu es directo heredero de ese cine que enfocaba la Historia, que ponía en orden los conocimientos imprecisos y fragmentados, que concretaba qué sucedía detrás de aquellas deslucidas imágenes oficiales que aun recordamos. El periplo de dos jóvenes estudiantes ante un aborto, una práctica ilegal en aquel entonces, y lo que este hecho arrastra, es la excusa argumental con la que el director llega a expresar la irrespirable sensación de opresión en el conjunto de esa sociedad. La falta de libertad, las continuas preguntas, la desconfianza, la insidia o el miedo permanente de estas jóvenes le conducen en sucesivos movimientos circundantes a plasmar qué significaba vivir bajo un control autoritario. Un análisis con el que consigue trascender lo particular en un retrato global, trasladable a otros lugares y segmentos sociales del momento.

Este valor testimonial se materializa gracias a los grados de autenticidad que desprende un planteamiento austero, directo, comprometido con la historia y sus personajes, que deja a un lado elementos que desvíen la atención o que intenten remarcar la carga dramática; una desnudez formal que implica incluso la ausencia de música. El realizador opta por el uso de largos planos secuencia como el medio más efectivo para captar la realidad, con unos tiempos que pretenden ser reales –el agobiante sonido de un reloj al inicio del relato indica la supeditación a este tiempo que apremia-, y la franqueza de los diálogos, a veces descarnados, otras reflejo de la absurdez de las situaciones. La pantalla se convierte en una pequeña grieta en la pared por la que se accede a los interiores, con el empleo del fuera de campo como parte integral de la narración, mientras que en los exteriores lo rodado adquiere un aspecto fortuito, una ciudad que fluye por la que transitan los personajes; una cámara que sólo parece tomar partido en la parte final del angustioso itinerario de una de las jóvenes.




Todo ello, desde luego, no es una opción fácil de materializar y tampoco coloca al espectador en situaciones cómodas de digerir, pero es apreciable el riesgo y el sentido de inmediatez que asume Cristian Mungiu, que se traduce en la increíble verosimilitud que respiran cada uno de sus fotogramas. La inevitable crudeza de lo narrado conduce a secuencias que dejan literalmente sin respiración, una dureza que no es gratuita, sino un triste reflejo de la realidad. Este efecto es todavía más potente por la extraordinaria recreación de la época, del aspecto desolador de unas calles cubiertas de nieve sucia y colores apagados, producto de una espectral industrialización. Pero la miseria es ante todo moral, una vida cotidiana en la que se asumen las mentiras, los pequeños sobornos, las colas; con una ausencia de referentes políticos concretos que indica la preocupación última del autor por la persona al pie de la calle.

Dentro del pulso dramático que adquiere el film, destacan dos planos reveladores del desesperanzador recorrido de una de las protagonistas, Otilia -estupenda la actriz Anamaria Marinca-. Uno es la visión de su cuerpo de espaldas, lavándose en la desnudez de un sórdido baño, con toda la carga de la injuria sobre sus hombros. En el otro instante, al contrario, mira directamente a los ojos del espectador, como si quisiera implicarnos, preguntarnos sobre aquello a lo que acabamos de asistir; un plano que remite directamente a Ingmar Bergman, que hacía que su protagonista de “Un verano con Mónica” por vez primera clavase la mirada de igual forma en la pantalla. Lo visto hasta ese momento hace que nos encontremos en un estado de ánimo que nos empuja a ser partícipes de un sufrimiento ignorado, sepultado bajo el manto de silencio que cubre aquellos años.


El Festival de Cannes ha premiado con la Palma de Oro a prestigiosos cineastas y clásicos del calibre de “El Gatopardo”, “Blow up” o “Taxi driver”, pero en sus 70 años de historia también ha tenido tiempo de distinguir a cintas modestas con marcadas inquietudes sociales. Cierto que ha dependido de momentos coyunturales y en buena medida de la composición y circunstancias de los jurados –por ejemplo, en 1977 cuando los hermanos Taviani se hicieron con la Palma de Oro por “Padre padrone”, un film sencillo de profundo calado moral, el presidente del jurado era Roberto Rossellini; o un caso más reciente, en el segundo premio a otros hermanos, los Darnenne, por “El niño (L´enfant)”, tal vez tuvo mucho que ver la presidencia aquel año de Emir Kusturica-. En esta ocasión lo encabezaba el británico Stephen Frears, un autor inquieto e ingenioso en su crítica social. Sin duda su criterio ha servido para que una obra minoritaria, en principio de limitada distribución como “4 meses, 3 semanas, 2 días” traspase el circuito de los festivales y tenga una difusión ilimitadamente mayor. Una decisión coherente, valiente, porque ante todo es un largometraje hecho para moverse entre las fronteras y calar en las conciencias, muchas veces olvidadizas o no sabedoras de lo que sucedía hace muy poco en parte de Europa.