Como en un espejo

Escritos sobre Cine

viernes, 4 de septiembre de 2015

El Mensajero

El Mensajero de Joseph Losey 

Mercurio entre los dioses




    Las imágenes de un muchacho corriendo a través de unos campos ocres recién segados, quemados por el sol, en la quietud que siempre parece pesar sobre las tardes estivales, tal vez sean las que identifiquen al instante, casi de forma inconsciente, El mensajero (The go-between) del cineasta Joseph Losey (1909-1984). 

    Estas escenas de un niño utilizado como correo entre dos amantes de distinta clase social, que se repiten insistentemente a lo largo del metraje, condensan algunas de las diferentes lecturas que plantea este film, Palma de Oro en el Festival de Cannes de 1971.  

    Publicado en Contrapicado. Escritos sobre Cine 
http://contrapicado.net/article/mercurio-entre-los-dioses/














miércoles, 22 de julio de 2015

Au Revoir, les enfants


Adiós, muchachos, particular legado
de Louis Malle a la Memoria





     El realizador francés Louis Malle abordó en 1987 la realización de un proyecto largamente gestado que habría de suponer un regreso en varios sentidos. Volvía a Francia tras varios años afincado en EEUU –una voluntaria ausencia que tuvo como resultado filmes como La pequeña (1978) o Atlantic City (1981)–, al tiempo que encaraba un triste episodio vivido en su infancia durante la ocupación alemana en 1944, unos dolorosos recuerdos que le habían acompañado a lo largo de los años, origen de Adiós, muchachos.

     Recuperaba de esta forma la línea de un cine personal, trenzado con fragmentos del pasado, que remite a obras como Un soplo al corazón (1971) y Lacombe Lucien (1974), y que tiene su más sincero episodio en este film.

     Publicado en Contrapicado. Escritos sobre Cine











sábado, 7 de diciembre de 2013

Besos robados

Besos robados de François Truffaut

La educación sentimental de Antoine Doinel





     El inquieto adolescente que veía por primera vez el mar en los momentos finales de Los cuatrocientos golpes (1959), y que asumía e la pantalla los ragos y experiencias de François Truffaut, fue creciendo a lo largo de los años ante las cámaras, al tiempo que lo hacía el que nunca dejaría de identificarse con este personaje, Jean-Pierre Léaud. Poco tiempo después de que Antoine Doinel mirase directamente a la cámara en aquel final abierto de Los cuatrocientos golpes, vivió sus amores primerizos en "Antoine y Colette" de El amor a los veinte años, descubrió dos años mas tarde los sinsabores del matrimonio en Domicilio conyugal (1970), para finalmente echar la vista atrás a los 34 años en la desencantada revisión de El amor en fuga.

     Besos robados ocupa sin duda un lugar destacado dentro del ciclo Doinel. Un proyecto en principio sencillo, rodado en pocas semanas y con un guión que dejaba espacio para la inspiración del rodaje. Estas premisas se traducen en la frescura y el encanto que, todavía hoy, varias décadas después de su estreno, desprende Besos robados.

     Publicado en Contrapicado. Escritos sobre Cine










lunes, 2 de diciembre de 2013

La sirena del Mississippi


La sirena del Mississippi de François Truffaut

¿El amor duele?



     Una primera aproximación a la filmografía de François Truffaut, tan intensa como coherente, tal vez conduciría a incluir La sirena del Mississippi (1969) junto a una serie de obras que se perfilan como filmes de intriga. Los tintes de género del hilo conductor del relato y la fría acogida en el momento de su estreno, han impedido valorar este film como uno de los más indudablemente románticos de su autor. Una revisión detenida lo despoja de su envoltorio de film noir, y descubre un minucioso estudio sobre los sentimientos de los dos personajes a los que dan vida Catherine Deneuve y Jean-Paul Belmondo. Bajo la distancia que permitía esa máscara, pocas veces Truffaut se mostró tan sincero, logrando una intensidad que remite a otras de sus obras en las que el amor parece ocupar un primer plano.

     Publicado en Contrapicado. Escritos sobre cine
http://contrapicado.net/old/filmoteca.php?id=35








  Marion: ¿El amor duele?
Louis: Sí, duele. Eres tan hermosa... cuando te miro es un sufrimiento.
Marion: Ayer decías que era una alegría.
Louis: Es una alegría y un sufrimiento.




sábado, 16 de noviembre de 2013

Noche en la ciudad

Noche en la ciudad de Jules Dassin

Sinfonía de la huída



     
     Ejercicio de cine negro rodado en Londres bajo la mirada de un cineasta norteamericano que se había distinguido por una visión realista de las ciudades. Noche en la ciudad supone el primer paso de un largo exilio para Jules Dassin, tras su inclusión en las "listas negras" del mccarthismo.  

Publicado en Contrapicado. Escritos sobre cine












martes, 16 de julio de 2013

El quimérico inquilino


El quimérico inquilino de Roman Polanski

Inquietante incursión por los mecanismos de la mente




      Recupera a lo largo de los últimos años como la obra que condensa los rasgos distintivos de su autor, El quimérico inquilino supone uno de los ejercicios más intensos de Roman Polanski dentro de sus continuos recorridos por los enigmáticos espacios de la mente. 

Publicado en Contrapicado. Escritos sobre cine  http://contrapicado.net/old/filmoteca.php?id=29








viernes, 12 de julio de 2013

La soledad del corredor de fondo


La soledad del corredor de fondo de Tony Ricardson

Las carreras de un joven airado



       Título de hermosa sonoridad, La soledad del corredor de fondo se ha convertido a lo largo de las últimas décadas en uno de los más destacados referentes del Free Cimena británico.

Publicado en Contrapicado. Escritos sobre cine  http://contrapicado.net/old/filmoteca.php?id=34








En nuestra familia siempre hemos corrido. Sobre todo huyendo de la policía...







miércoles, 6 de enero de 2010

París


Crítica de París


Entre el cielo y el suelo

La última vez que vi París, ¿Arde París?, París, Je t´aime, Dans Paris… La ciudad más revisitada por el celuloide junto a Nueva York ha adquirido tal sentido referencial que, en última instancia, destila ahora simplemente su nombre como título de la sucesión de relatos que se dan cita en tan significativo espacio. Éste es el escenario de una nueva entrega del modelo “historias entrecruzadas” constituido ya prácticamente en un género en sí mismo, a la vista de su inagotable expansión desde que Altman revitalizó la fórmula a ritmo de jazz en la espléndida Vidas cruzadas –resulta siempre inevitable la referencia a esta obra maestra, bajo cuya alargada sombra se han fraguado tanto estimables reformulaciones –Grand Canyon. El alma de la ciudad-, como premiadas mediocridades –Crash-. Al espacio fílmico y la fórmula se añade como tercer elemento la desigual pero siempre vigorosa cámara de Cédric Klapisch, autor que conduce su mirada desde los hermosos cielos y fascinantes vistas de la capital francesa hasta algunos de sus infiernos cotidianos a ras de suelo.


El realizador francés se adentra en el ambicioso empeño de descrifrar su ciudad de adopción, una tarea que se revela complicada, con demasiados hilos de donde tirar, oscilando entre el innegable poder de seducción que despierta esta urbe con innumerables aristas y la intención de mostrar la realidad palpable de aquellos que la habitan –o en ocasiones simplemente la transitan-. A lo largo de su trayectoria Klapisch ha mostrado una arriesgada tendencia a la dispersión, a excepción de Como en las mejores familias, uno de sus primeros trabajos donde se contenía gracias al férreo y magnífico guión de la pareja formada por Agnès Jaoui y Jean-Pierre Bacri, un relato de origen teatral que ya anunciaba su gusto por las relaciones múltiples en torno a un escenario prácticamente único. Esta disposición al exceso se ponía de manifiesto en uno de sus títulos más populares, Una casa de locos, atinada cinta de inésperado éxito que seguía las caóticas experiencias de unos jóvenes a su paso por un auberge espagnole de Barcelona; y se evidenciaba en la estimable Las muñecas rusas, desencanta recuperación de aquellos personajes, donde de forma agradablemente anárquica se permitía seguir la evolución de su protagonista, Xavier, para aprenhender las agridulces sensaciones años después de terminarse la fiesta, ese tiempo idealizado que es el erasmus. Las historias interrelacionadas que dan forma a París constituyen, sin duda, el terreno abonado para que esta tendencia a la dispersión se multiplique, con un guión firmado por el propio cineasta, hasta acabar desequilibrando el conjunto.



De esta forma, la propuesta deja al descubierto el desigual trazado de las distintas líneas narrativas, hilvanando situaciones paralelas y personajes empujados a conocerse. Una estructura que rodea en sucesivos círculos concéntricos la relación entre Elise –Juliette Binoche-, asistente social con tres hijos que bordea con frustración la mitad su vida, y su hermano Pierre –Romain Duris-, enfermo del corazón necesitado de un transplante, estupendos hilos conductores del film. El interés que despiertan estos personales se ve difuminado por la decreciente atención en el resto de sus integrantes –profesor universitario enamorado de una de sus alumnas, vendedor de un mercado interesado secretamente en Elise… y una larga sucesión-, con algunas ramificaciones francamente prescindibles. El director es capaz de transmitir la desazón de Pierre en un momento en el que la vida se le escapa de las manos, una situación que le proporciona una mirada nueva sobre aquello que le rodea, una curiosidad que surge del tiempo para la espera y la reflexión. De forma similar perfila la melancolía latente en la vida cotidiana de Elise. La construcción de ambos personajes a través de silencios, gestos y pequeños detalles respira sinceridad, y se echa en falta que el autor no se detenga algo más en este eje narrativo. Parece que debe pagar el peaje por la fórmula elegida, y en su empeño por plasmar una panorámica más amplia no puede evitar que algunos personajes aparezcan desdibujados, se despachen de forma precipitada como simples arquetipos, acumulando los lugares comunes y las ideas fáciles -la vida que llega por aquella que puede extinguirse-



Pese a todo, el armonioso caos que pretende plasmar Klapisch deja a lo largo de su trayecto algunos espléndidos pasajes, la visión de un hermoso cielo que cubre por igual alegrías y tragedias bajo los acordes de Erik Satie, la sensación de relatividad que subyace bajo las falsas apariencias de la realidad, el flujo continuo de la vida más allá de todo aquello que inevitablemente acontece –así lo atestigua el trayecto de Pierre en el taxi-. De igual forma, es apreciable que el autor no pretenda filmar la película “definitiva” sobre esta ciudad de infinitas identidades, sino que el fluido devenir de sus historias está envuelto por una intención de transitoriedad, esboza un breve espacio de tiempo de unos personajes en tránsito, cuyo origen y destino desconocemos. Apuesta por una visión de la ciudad, ahora, como pueden exitir muchas otras.


El cineasta vuelve a contar con Romain Duris, actor que lo acompaña desde los inicios de su carrera, y al que parece querer convertir en su “Antoine Doinel” particular -lo cierto es que sería dificil para cualquiera salir bien parado en la comparación con Truffaut-. En esta ocasión su papel tiene algo de balance, tal y como indica el repaso a las fotografías de las distintas edades sentimentales del interprete. A la ajustada presencia del protagonista de De latir mi corazón se ha parado se añade la serena madurez de Juliette Binoche, una actriz que continúa manejando con exquisitez sus registros y sabe adaptarse al tono episódico del conjunto, junto a otros rostros habituales del cine francés –Karin Viard, Albert Dupontel-, que disponen del espacio que la composición les ofrece. Todos ellos transitan por este oscilante fresco ideado por el director, una obra tan heterogénea en sus intérpretes como en su música, tonos y texturas, que oscila, como el resto de sus filmes, entre las brillantes fabulaciones y lo evidente, entre los momentos lúcidos y los prosaicos, entre la festiva celebración de vivir y su reverso sombrío.